viernes, 31 de agosto de 2007

Palabras que buscan

Domingo

Sobre la catedral se deslizan las luces mortecinas del atardecer y cientos de palomas ignoran la divinidad del Cristo, dejando sus deposiciones como obsequios sobre los techos góticos. En definitiva, la sustancia que expelen las palomas y las ofrendas votivas y el pan que se vuelve carne, difieren por átomo más, átomo menos. Pero son ofrendas, pedestres holocaustos de animales sin conciencia. Nadie puede esperar que las palomas evolucionen hasta la industria manufacturera para agradecer a su creador.
Es un largo camino transitando la Avenida recoleta que lleva de un extremo a otro. Cierta solidez despliega su certeza, columnas que sostienen la civilización tan temida. Hay silencio entre los árboles, en los edificios y en los pocos seres humanos que fatigan la áspera piedra, atreviéndose a la nostalgia pegajosa del domingo.
Entre los desvelados que no tienen familia nuclear para enjuagar al aire libre, arrastro mis pasos y admiro esa supuesta ubicuidad de las construcciones. Entre arcos majestuosos y zócalos más impresionantes aún, entreveo la necesidad de fijar con tachuelas una continuidad que las células del cuerpo desmienten.
Ha dicho un sociólogo por ahí que la sociedad es anterior y superior a los hombres. Eso quisiera. En primer lugar está la finitud de la vida, ante todo está la finitud de la vida. Dada esa finitud, la sociedad es un esfuerzo estéril para denegar lo inevitable. De ese trabajo portentoso provienen las pirámides de Egipto, las ciudades laberínticas y el edificio Barolo. El factor común que une a todas esas obras, es la pretensión de abjurar la nada. La nada que está antes y después de la muerte.
Y yo sigo caminando, el tren espera más allá. El tren sirve también para que los pasos seán más largos, eficaces en el orden de cubrir distancias. El tren evita el dilema del lugar de destino. Circula y ya. O subo o me bajo. Tampoco me ayuda a decidir. Obtengo un boleto y como un niño, busco una ventanilla con paisaje, ese atavismo que la televisión impuso (como el perro de lanas, la chica hermosa y el fuego de leña en el sur romántico y no cruel). Espero la soledad, pero hay un asiento a mi lado que alguien puede ocupar. Hace rato desistí de la fantasía de conocer al “amor de mi vida” en un viaje cualquiera. Siempre me toca compartir las peripecias con una señora abundante en carnes, algún adolescente con su desborde hormonal a cuestas o un hombre cargado de aromas incivilizados. La Princesa del cuento siempre está dos asientos adelante, dos atrás u ocupada, las más de las veces.
Pero es un domingo a la tarde. El velo de tristeza de un domingo a la tarde es impenetrable. Nadie se anima a salir a menos que necesite volver (¿volver a donde me pregunto? A la costumbre de no estar en algunos lugares me respondo sin agotar la cuestión). Y no es que pueda disfrutar del viaje. La estética que halaga la sensibilidad no abunda en los aletargados bloques de casas oscuras y luces amarillas que desfilan impávidos por las ventanillas mugrientas. No sufrir el viaje sería apetecible. Pero confiar en una probabilidad es esperanza. Y tengo la esperanza en bancarrota.
Mi gesto adusto hace desistir al resto de los pasajeros y evitan mi compañía. O quizás la abundancia de asientos aparezca como una causa más certera. Viajo solo (digo por suerte, pero por algún designio que no entiendo, esa suerte no me alegra).
Una, dos, tres estaciones y de repente…
Una horda entre salvaje y predecible aborda los vagones delanteros. Entonan cantos de guerra, obvios, fascistas, intolerantes, y dan vivas a un club que es la pasión de sus vidas. Al menos tienen un objetivo. Chusco, vago e impreciso, dado que ése club los detesta minuciosamente, porque son fanáticos (un fanático es alguien que no puede dejar de sostener la infalibilidad de sus creencias, su fe que debería mover montañas y vaciar lagos, un fanático es un ciego por decisión personal).
Se aprietan en un espacio pequeño y pese a lo acre del sudor y los restos del festín, persisten en sus movimientos de masa. Tienen miedo de que la ceremonia culmine y tengan que volver a la tibia individualidad del anonimato. Ahora son algo, pertenecen a algo. Luego serán de nuevo, nada. Como yo, como las otras figuras sin nombre en todos los vagones del tren. No gritan por prepotencia, gritan por temor.
Y ese temor se desparrama entre los asientos. Aparece un sentimiento repugnante, piedad. Siento piedad. Repugnante porque la piedad supone que el otro es otro, o sea alguien diferente que debo tolerar. La piedad es repulsiva porque es como tocar una butaca con la punta del dedo para ver si tiene polvo. Tantos años de entrenamiento y heme aquí, preparado para desplazar mis temores sobre objetos externos. Se llamen extraños, negros, cabecitas, piqueteros o simplemente, humanos. ¿Quién se atreve a ser humano? Me tiembla la mano de sólo pensarlo.
Hay un libro en mi regazo, con las páginas crujientes de novedad. Tiene un nombre impreciso “El sentimiento trágico de la vida”, y es un tal Unamuno su autor (autor, ordenador de palabras que se corresponden de vez en cuando con una idea, a eso se le llama literatura). Mis fuerzas alcanzan apenas para ojear la contratapa. Compré éste libro para decirme a mi mismo que es mejor leer a Unamuno que una llamativa revista con cuerpos de mujeres expuestos en todo su esplendor. Defiendo que para llegar a esos cuerpos Unamuno es más viable que la simple observación lujuriosa de unas páginas satinadas y a todo color. Pero no es real tal proposición, es nada más que la proyección de mis propios prejuicios. Una mirada intervenida por una porción admirable de conceptos abstractos dista bastante de tener contacto con la realidad física. A veces hay encontronazos y siempre salgo perdiendo. La vida no acepta diques, y menos, diques de papel. Lo que hace un libro es orientar la vista, pero no puede mirar por uno. Y los libros me cubren y recubren con una capa sempiterna de hojas que se disuelven en la mirada, la pura humanidad que no atina a manifestarse. El reclamo del cuerpo, ése viejo instinto previo, ha sido domesticado, pero se venga de mil formas sutiles y complejas.
Además, espero admiración de quien espía con supuesta discreción el título del libro. “-He aquí un sabio, un intelectual que se preocupa por algo más que el precio de la acelga”. Ésta fantasía no concuerda (de nuevo otra vez) con la realidad. Un libro es una mala inversión, una apuesta al caballo perdedor. Un libro no dice demasiado si no habla de un camino probable mostrado como el único eficaz, en forma de receta y con sentencias cortas y demoledoras. La angustiosa búsqueda de Unamuno, es eso, una búsqueda, no una sucesión de certezas. ¡Quién quiere más dudas cuando se precisan respuestas! Ahí está entonces Unamuno como una armadura, protegiéndome de los cuerdos que adquieren electrodomésticos. Ahí está, cubriéndome con la falsa presunción de que no necesito calor humano sino ideas. Al final, comparto los espectros de Hegel, soy un idealista aunque presuma lo contrario.
La sucesión de estaciones que transcurren bajo el paso del tren depara sin mayores pesadumbres una llegada. El tren arriba y con él, yo y mi libro (¿mío? Que forma de aceptar la sociedad de consumo…)
Y la ciudad, la otra, tampoco pudo escapar del domingo. También la sábana apenas opaca enturbia las caras, y las vidrieras que brillan no alcanzan a quebrar el domo melancólico colocado como tapa de plástico para transportar café con leche.
Ésta vez decido caminar. Necesito que el aire despierte la piel. Está fría como el mármol, inexpresiva. Una ampolla en el dedo gordo serviría para quebrar la indiferencia. Y un buen método para procurarse una ampolla de buenas dimensiones es transitar treinta cuadras. ¿Hasta dónde? Dejaré que la costumbre me lleve a los lugares de siempre. Espero en ésas geografías avizorar aquello que alguna vez pretendí con profuso entusiasmo. Por ahora, caminar basta.
Es domingo, y los domingos sirven para morir un poco, porque el domingo es el jaque mate del tiempo a nuestra eternidad de utilería.

Marcelo Daniel Fernández

viernes, 13 de julio de 2007

Palabras que resisten

Cielos e Infiernos

Don Aurelio dejó de entender, se niega a comprender y con tozudez campera, reniega del perdón. Don Aurelio ha escuchado a más de uno desde el púlpito de la iglesia a donde va de cuando en cuando (sobre todo en los momentos en que su esposa amenaza con quitarle la colaboración y trabajar a reglamento si no se da un apropiado baño de incienso antiherejía) pregonar el perdón, perdón para todo el mundo, perdón para los que nos ofenden dicen ahora, perdón para los deudores decían antes cuando los negocios no habían intervenido en los rezos. Que perdonar nos hace más buenos, aspirantes a santos, beatos o estatuas de yeso con olor a vela.
Pero estas razones de papel no convencen a Don Aurelio. Escucha por todas partes pedir reconciliación entre los hermanos, no usar el pasado para dividirnos, que el pasado pisado, que si te he visto no me acuerdo. Y Don Aurelio no olvida, y no quiere reconciliarse con nadie, lo que quiere es ver en la carcel a toda esa manga de entrajados que le cosieron a puñaladas su esperanza una y otra vez, y que, cosa de mandinga, vuelven a aparecer como figuritas repetidas, entrajados, limpitos, y con la sonrisa de salir, en todos los palcos, en todos los púlpitos, en todos los diarios. Y siguen sonriendo como bebes recién alimentados, igual de rozagantes y satisfechos.
Como una letanía, repiten las mismas cosas, casi sin cambios. Son las mismas promesas, son iguales los culpables señalados como culpables, los sacrificios pedidos y sobre todo, son los mismos quienes deben sacrificarse. “-No se sacrificaron lo suficiente”, dicen, mientras se sacan fotos con la reina de la vendimia, del mar, del ajo, miss universo o el campeón de américa y aledaños.
Don Aurelio no quiere sacrificarse más, ya tiene 68 años y se ha sacrificado toda la vida. Siempre posponiendo la felicidad para un mañana venturoso, un mañana que se escapa siempre un paso adelante. Cuando nada hay, sacrificarse para que haya, cuando hay, sacrificarse para no derrocharlo, cuando hay más, sacrificarse para aumentar lo que ya hay. En todos los estados, en todos los momentos, sacrificarse. Y guay de pedir un poco de algo, que son revoltosos, rebeldes, comunistas, rojos, resentidos sociales, pedigüeños, socialistas, anarquistas, ingénuos o simplemente, tontos.
Para alegrarse está el fútbol, la televisión o los berridos de un cantante de moda. Para alegrarse no se debe pensar, porque cuando se piensa no hay de qué alegrarse. Y para no pensar existen tantas cosas que si uno no se cuida termina riéndose como estúpido. Y Don Aurelio no se ríe fácilmente, por lo que desentona con el resto del mundo cuando el mundo se ríe y él no sabe de qué, porque a él le duele y los gestos le parecen muecas, muecas imbéciles y vacías.
Don Aurelio no quiere entender ésas risas. No quiere entender a los imbéciles porque las razones de los imbéciles terminan por contrariarlo. Don Aurelio no quiere perdonar la mala memoria, porque la mala memoria joroba a los que se acuerdan de las caras que prometen y prometen y cantan y cantan y el amor es una fuente de leche con higos y las rosas no tienen espinas.
Don Aurelio recuerda a los hijos del patrón jugando en la piscina en verano, mientras él, niño también, cargaba cajones de duraznos en el galpón, justo enfrente. Ellos reían mientras él sufría bajo el calor agobiante de la siesta. Y no sabía por qué. Recuerda también a su patrón diciéndole que no había dinero para pagarle el mes y verlo luego yéndose de vacaciones en su auto último modelo. Ahora ya había entendido, y aunque conoce el motivo que antes percibía como una nebulosa sensación de injusticia, la bronca y la rabia no ha disminuido con los años.
No quiere perdonar a ese patrón y a esos niños que ahora son hombres y le piden “-Ríase Don Aurelio, que la vida es corta”. Y la vida es larga en sacrificios, la vida es corta cuando son otros los que trabajan y trabajan, sudan y se agotan en la tierra y en las fábricas. No quiere Don Aurelio, lo considera una traición.
Esa mascarada infame de sentarse en una iglesia y pedir todos juntos por el perdón de los pecados, ¿de qué pecados me habla ése sacerdote?,¿pedir perdón por ser pobre, por tener las manos llenas de callos, por incomodar con preguntas incómodas, por no confiar en éste Dios que me pide estrecharle la mano a los que siempre me negaron la suya? Éste dios de ricos y poderosos que se esconde y no escucha. Éste dios que es sordo y mudo y ciego, y no conoce la justicia. Éste dios que dice”-los últimos serán los primeros”, o sea, para subir al cielo sea pobre, sufra, confórmese, los que ahora disfrutan, serán castigados. ¿Serán castigados?
Por desconfiado y ladino, Don Aurelio quiere ver esa justicia aquí en la tierra, si es que el cielo y el paraiso existen, los verá luego. Aquí es el escenario del dolor. Y las máscaras que ríen, bien vestidas, limpitas e impolutas. Y éste dios tan sospechósamente confortable tiene olor a hombre con bolsillos llenos.
Nunca pudo perdonar la traición del Martín Fierro: “debe trabajar el hombre para ganarse su pan, pués la miseria en su afán, de perseguir de mil modos, llama a la puerta de todos y entra en la del haragán” Siempre la miseria estuvo a dos pasos en la nuca misma de Don Aurelio, respirándole con su aliento putrefacto y educado, alguna vez vivió en ella y ahora, apenas puede resistirla. Y siempre trabajó, nunca bajó los brazos, pensando que las cosas mejorarían. Pero no, simplemente sobrevivió. Nada decía el Martín Fierro de los que viven del trabajo ajeno y ven crecer las flores del jardín mientras el jardinero revuelve la tierra. Nada decía el Martín Fierro de los haraganes que viven la gran vida mientras el resto se desloma. ¿Es que en esas puertas no llama la miseria? Parece que no.
Don Aurelio que se rompe el lomo, sabe que está en el mismo bote con los que no pueden romperse el lomo porque han sido declarados inservibles. Entiende ésto mirando los ojos colorados y tristes de su compadre Miguel que no tiene trabajo y encuentra en el vino barato un horizonte más blando que la vida sobria. Al menos no le duele tanto en medio de la borrachera casi permanente. Don Aurelio desiste de los sermones, para eso están los curas y su moral de patrón, Don Aurelio se limita a escuchar a Miguel que insulta a la virgen, a los santos y al mismo satanás, que no le hace el favor de morirlo de una buena vez.
Marcelo Daniel Fernández Olivares

lunes, 11 de junio de 2007

Palabras que buscan

Dulcinea y Don Quijote

Es cierto que el tiempo es cíclico y que las cosas pasan y pasan con una monótona sincronía. Por eso, un tren, un caballo, una armadura de latón o un jean de mezclilla son apenas variaciones insignificantes.
¿No me creen? ¿Soy demasiado taxativo? Me remito a los hechos:
Día de semana, diremos martes para no cargar con el horror del lunes, estableceremos como hora de referencia, las 6 de la tarde.
Una dama de este siglo aborda el vagón cuasi repleto, con los enseres de la vida moderna alborotando sus brazos. Es alta, de pelo negro rizado, elegante y con un toque de distinción y lejanía que destaca por sobre su figura como un halo invisible.
En el previsible vehículo están los de siempre, una mujer que reniega del gobierno pero vota a la derecha, un anciano que demora su mirada en el paisaje repetido de las ventanillas, dos niños sumando ruidos al ya inmanente ruido del ferrocarril, etc.
No hay asientos disponibles, por lo que nuestra dama se recuesta sobre el respaldo del asiento que da a la puerta de salida del habitáculo. Cumplidos los rituales cotidianos, aseguradas las cosas en la mano, verificado que ningún sospechoso estuviera al acecho de su persona, se pierde en reflexiones que la llevan a lugares bien distintos de este paisaje gris que cruza por las ventanillas.
Segunda estación, puertas que se abren y una pequeña multitud que aborda el tren, entre ellos un hombre de lo más prosáico, también de jean, camisa a cuadros y pelo algo largo. Y el toque disonante, sobre su cabeza una diadema conformada por una cinta roja y dos plumas orondas arrancadas de un noble plumero. Una tiara que nuestro hombre porta con la mayor naturalidad, con la displicente costumbre de la realeza de sangre. De hecho, las miradas cómplices que los viajeros cruzan entre ellos resbalan sobre su noble esfigie.
Nuestro hombre revisa a los eventuales compañeros de viaje, descartándolos al instante, sus ojos dicen: “-No son dignos de mi pundonor”. Hasta que su vista se posa sobre nuestra dama. Y allí se detiene para no moverse más.
Ella, ya huida del mundo, apenas advierte la atención que despierta, pero el resto de los pasajeros sí descubre que el hombre la mira fíjamente. Pero no es una mirada lasciva, no hay lujuria en ella. Contiene pasión y respeto, mezcladas con asombro. No hay ninguna palabra o movimiento, simplemente, una mirada persistente, con fuerza propia, que ignora la cómica atención de los viajeros y la indiferencia de la dama que piensa, a esta altura, en amores y desamores que se anudan en la vida de cada uno.
Ahora esa mirada penetrante logra su cometido, la dama repara en el caballero de las plumas, pero decide fingir. Se sumerge en una mayor indiferencia, pero que ahora tiene un nuevo sentido, ahora esa indiferencia es una pose de protección. No vaya a ser que la locura en forma de tiara de plumas le de un disgusto.
Pero el hombre no se mueve, sólo mira, casi sin pestañear. Los pasajeros se ven librados de la atención del emplumado y comentan entre ellos las peripecias de este duelo silencioso: la dama y el hombre de las plumas sostienen sin saberlo, un desafío que no se resuelve dado que la inmovilidad es su signo.
El tren se detiene, quinta estación, el hombre recupera los gestos, ya no está quieto y hace los movimientos requeridos para bajarse del tren, casi de espaldas, en el vano de la puerta corrediza, se vuelve hacia atrás y espeta a todo el pasaje:
“-Cuídenmela, ella es mi elegida”, y su voz suena como una amenaza que está lejos de despertar hilaridad.
Nunca dirige la palabra a la dama. Ella está ahí para ser adorada, para ser defendida, para ser una musa que duerme junto con los sueños de conquista y justicia. No es corpórea, no se desea alcanzarla más que con las palabras y las letras con las cuáles el héroe contará sus hazañas. De ahí la advertencia. De ahí esa enorme dignidad. Esa temible dignidad de Don Quijote.
Que la historia haya ocurrido en el siglo XXI en un tren de Buenos Aires, es una excusa del tiempo que quiere variar lo que no varía. Siempre habrá Don Quijotes, siempre habrá Dulcineas, siempre habrá un caballero de armadura reluciente dispuesto a enmendar entuertos.
Y también es una circunstancia que la gente crea que nuestra dama y nuestro caballero son protagonistas de un equívoco. Secretamente, ellos están reviviendo una historia que nunca terminó.
Marcelo Daniel Fernández Olivares

miércoles, 30 de mayo de 2007

Palabras que resisten

Dicen que no se puede

Pero también dicen que es imposible,
y que la vida es realidad y no fantasía
y que la pachamama es superttición
y que los árboles no son azules,
y que hay que formar en fila,
que dos mas dos son cuatro,
y que el mundo es así.
Dicen tantas cosas,
pero yo digo lo contrario
y el azul en los árboles es hermoso.

Marcelo Daniel Fernández

jueves, 24 de mayo de 2007

Palabras que buscan

Hacia dentro

El hombrecito comenzó a caerse
por su ombligo, en el pozo
donde su existencia auguró
la separación, en el oráculo
que lo unió a la verdad,
a ese sentido único
que hacia fuera
perdió una y otra vez:
el hombrecito se desliza,
apenas sobresalen las piernas
emergiendo de su panza
como en un parto
al revés.

Marcelo Fernández

martes, 22 de mayo de 2007

Palabras que buscan y resisten

Se vienen

Olvidados como siempre,
ahi vienen,
con las manos en el bolsillo
para aguantar el frío
que no tapa la zapatilla
mezquina, ni las palabras
de los carteles que ríen
al vacío.

Marcelo Fernández

Palabras que buscan y resisten

Golpean las puertas

Derriban paredes,
quiebran silencios,
agitan las aguas,
pierden la paciencia,
sueñan un sueño
que se construye
de a muchos.
Un sueño que
es posible,
tan posible
como esta horrible
realidad que
nos pellizca la sonrisa.
Y se vienen
caminando,
silbando bajito
por la cortada
apenas alumbrada
por un foco mezquino.
Ahí se ven sus sombras
abultando sobre
el horizonte...

Marcelo Fernández