Cielos e Infiernos
Don Aurelio dejó de entender, se niega a comprender y con tozudez campera, reniega del perdón. Don Aurelio ha escuchado a más de uno desde el púlpito de la iglesia a donde va de cuando en cuando (sobre todo en los momentos en que su esposa amenaza con quitarle la colaboración y trabajar a reglamento si no se da un apropiado baño de incienso antiherejía) pregonar el perdón, perdón para todo el mundo, perdón para los que nos ofenden dicen ahora, perdón para los deudores decían antes cuando los negocios no habían intervenido en los rezos. Que perdonar nos hace más buenos, aspirantes a santos, beatos o estatuas de yeso con olor a vela.
Pero estas razones de papel no convencen a Don Aurelio. Escucha por todas partes pedir reconciliación entre los hermanos, no usar el pasado para dividirnos, que el pasado pisado, que si te he visto no me acuerdo. Y Don Aurelio no olvida, y no quiere reconciliarse con nadie, lo que quiere es ver en la carcel a toda esa manga de entrajados que le cosieron a puñaladas su esperanza una y otra vez, y que, cosa de mandinga, vuelven a aparecer como figuritas repetidas, entrajados, limpitos, y con la sonrisa de salir, en todos los palcos, en todos los púlpitos, en todos los diarios. Y siguen sonriendo como bebes recién alimentados, igual de rozagantes y satisfechos.
Como una letanía, repiten las mismas cosas, casi sin cambios. Son las mismas promesas, son iguales los culpables señalados como culpables, los sacrificios pedidos y sobre todo, son los mismos quienes deben sacrificarse. “-No se sacrificaron lo suficiente”, dicen, mientras se sacan fotos con la reina de la vendimia, del mar, del ajo, miss universo o el campeón de américa y aledaños.
Don Aurelio no quiere sacrificarse más, ya tiene 68 años y se ha sacrificado toda la vida. Siempre posponiendo la felicidad para un mañana venturoso, un mañana que se escapa siempre un paso adelante. Cuando nada hay, sacrificarse para que haya, cuando hay, sacrificarse para no derrocharlo, cuando hay más, sacrificarse para aumentar lo que ya hay. En todos los estados, en todos los momentos, sacrificarse. Y guay de pedir un poco de algo, que son revoltosos, rebeldes, comunistas, rojos, resentidos sociales, pedigüeños, socialistas, anarquistas, ingénuos o simplemente, tontos.
Para alegrarse está el fútbol, la televisión o los berridos de un cantante de moda. Para alegrarse no se debe pensar, porque cuando se piensa no hay de qué alegrarse. Y para no pensar existen tantas cosas que si uno no se cuida termina riéndose como estúpido. Y Don Aurelio no se ríe fácilmente, por lo que desentona con el resto del mundo cuando el mundo se ríe y él no sabe de qué, porque a él le duele y los gestos le parecen muecas, muecas imbéciles y vacías.
Don Aurelio no quiere entender ésas risas. No quiere entender a los imbéciles porque las razones de los imbéciles terminan por contrariarlo. Don Aurelio no quiere perdonar la mala memoria, porque la mala memoria joroba a los que se acuerdan de las caras que prometen y prometen y cantan y cantan y el amor es una fuente de leche con higos y las rosas no tienen espinas.
Don Aurelio recuerda a los hijos del patrón jugando en la piscina en verano, mientras él, niño también, cargaba cajones de duraznos en el galpón, justo enfrente. Ellos reían mientras él sufría bajo el calor agobiante de la siesta. Y no sabía por qué. Recuerda también a su patrón diciéndole que no había dinero para pagarle el mes y verlo luego yéndose de vacaciones en su auto último modelo. Ahora ya había entendido, y aunque conoce el motivo que antes percibía como una nebulosa sensación de injusticia, la bronca y la rabia no ha disminuido con los años.
No quiere perdonar a ese patrón y a esos niños que ahora son hombres y le piden “-Ríase Don Aurelio, que la vida es corta”. Y la vida es larga en sacrificios, la vida es corta cuando son otros los que trabajan y trabajan, sudan y se agotan en la tierra y en las fábricas. No quiere Don Aurelio, lo considera una traición.
Esa mascarada infame de sentarse en una iglesia y pedir todos juntos por el perdón de los pecados, ¿de qué pecados me habla ése sacerdote?,¿pedir perdón por ser pobre, por tener las manos llenas de callos, por incomodar con preguntas incómodas, por no confiar en éste Dios que me pide estrecharle la mano a los que siempre me negaron la suya? Éste dios de ricos y poderosos que se esconde y no escucha. Éste dios que es sordo y mudo y ciego, y no conoce la justicia. Éste dios que dice”-los últimos serán los primeros”, o sea, para subir al cielo sea pobre, sufra, confórmese, los que ahora disfrutan, serán castigados. ¿Serán castigados?
Por desconfiado y ladino, Don Aurelio quiere ver esa justicia aquí en la tierra, si es que el cielo y el paraiso existen, los verá luego. Aquí es el escenario del dolor. Y las máscaras que ríen, bien vestidas, limpitas e impolutas. Y éste dios tan sospechósamente confortable tiene olor a hombre con bolsillos llenos.
Nunca pudo perdonar la traición del Martín Fierro: “debe trabajar el hombre para ganarse su pan, pués la miseria en su afán, de perseguir de mil modos, llama a la puerta de todos y entra en la del haragán” Siempre la miseria estuvo a dos pasos en la nuca misma de Don Aurelio, respirándole con su aliento putrefacto y educado, alguna vez vivió en ella y ahora, apenas puede resistirla. Y siempre trabajó, nunca bajó los brazos, pensando que las cosas mejorarían. Pero no, simplemente sobrevivió. Nada decía el Martín Fierro de los que viven del trabajo ajeno y ven crecer las flores del jardín mientras el jardinero revuelve la tierra. Nada decía el Martín Fierro de los haraganes que viven la gran vida mientras el resto se desloma. ¿Es que en esas puertas no llama la miseria? Parece que no.
Don Aurelio que se rompe el lomo, sabe que está en el mismo bote con los que no pueden romperse el lomo porque han sido declarados inservibles. Entiende ésto mirando los ojos colorados y tristes de su compadre Miguel que no tiene trabajo y encuentra en el vino barato un horizonte más blando que la vida sobria. Al menos no le duele tanto en medio de la borrachera casi permanente. Don Aurelio desiste de los sermones, para eso están los curas y su moral de patrón, Don Aurelio se limita a escuchar a Miguel que insulta a la virgen, a los santos y al mismo satanás, que no le hace el favor de morirlo de una buena vez.
Don Aurelio dejó de entender, se niega a comprender y con tozudez campera, reniega del perdón. Don Aurelio ha escuchado a más de uno desde el púlpito de la iglesia a donde va de cuando en cuando (sobre todo en los momentos en que su esposa amenaza con quitarle la colaboración y trabajar a reglamento si no se da un apropiado baño de incienso antiherejía) pregonar el perdón, perdón para todo el mundo, perdón para los que nos ofenden dicen ahora, perdón para los deudores decían antes cuando los negocios no habían intervenido en los rezos. Que perdonar nos hace más buenos, aspirantes a santos, beatos o estatuas de yeso con olor a vela.
Pero estas razones de papel no convencen a Don Aurelio. Escucha por todas partes pedir reconciliación entre los hermanos, no usar el pasado para dividirnos, que el pasado pisado, que si te he visto no me acuerdo. Y Don Aurelio no olvida, y no quiere reconciliarse con nadie, lo que quiere es ver en la carcel a toda esa manga de entrajados que le cosieron a puñaladas su esperanza una y otra vez, y que, cosa de mandinga, vuelven a aparecer como figuritas repetidas, entrajados, limpitos, y con la sonrisa de salir, en todos los palcos, en todos los púlpitos, en todos los diarios. Y siguen sonriendo como bebes recién alimentados, igual de rozagantes y satisfechos.
Como una letanía, repiten las mismas cosas, casi sin cambios. Son las mismas promesas, son iguales los culpables señalados como culpables, los sacrificios pedidos y sobre todo, son los mismos quienes deben sacrificarse. “-No se sacrificaron lo suficiente”, dicen, mientras se sacan fotos con la reina de la vendimia, del mar, del ajo, miss universo o el campeón de américa y aledaños.
Don Aurelio no quiere sacrificarse más, ya tiene 68 años y se ha sacrificado toda la vida. Siempre posponiendo la felicidad para un mañana venturoso, un mañana que se escapa siempre un paso adelante. Cuando nada hay, sacrificarse para que haya, cuando hay, sacrificarse para no derrocharlo, cuando hay más, sacrificarse para aumentar lo que ya hay. En todos los estados, en todos los momentos, sacrificarse. Y guay de pedir un poco de algo, que son revoltosos, rebeldes, comunistas, rojos, resentidos sociales, pedigüeños, socialistas, anarquistas, ingénuos o simplemente, tontos.
Para alegrarse está el fútbol, la televisión o los berridos de un cantante de moda. Para alegrarse no se debe pensar, porque cuando se piensa no hay de qué alegrarse. Y para no pensar existen tantas cosas que si uno no se cuida termina riéndose como estúpido. Y Don Aurelio no se ríe fácilmente, por lo que desentona con el resto del mundo cuando el mundo se ríe y él no sabe de qué, porque a él le duele y los gestos le parecen muecas, muecas imbéciles y vacías.
Don Aurelio no quiere entender ésas risas. No quiere entender a los imbéciles porque las razones de los imbéciles terminan por contrariarlo. Don Aurelio no quiere perdonar la mala memoria, porque la mala memoria joroba a los que se acuerdan de las caras que prometen y prometen y cantan y cantan y el amor es una fuente de leche con higos y las rosas no tienen espinas.
Don Aurelio recuerda a los hijos del patrón jugando en la piscina en verano, mientras él, niño también, cargaba cajones de duraznos en el galpón, justo enfrente. Ellos reían mientras él sufría bajo el calor agobiante de la siesta. Y no sabía por qué. Recuerda también a su patrón diciéndole que no había dinero para pagarle el mes y verlo luego yéndose de vacaciones en su auto último modelo. Ahora ya había entendido, y aunque conoce el motivo que antes percibía como una nebulosa sensación de injusticia, la bronca y la rabia no ha disminuido con los años.
No quiere perdonar a ese patrón y a esos niños que ahora son hombres y le piden “-Ríase Don Aurelio, que la vida es corta”. Y la vida es larga en sacrificios, la vida es corta cuando son otros los que trabajan y trabajan, sudan y se agotan en la tierra y en las fábricas. No quiere Don Aurelio, lo considera una traición.
Esa mascarada infame de sentarse en una iglesia y pedir todos juntos por el perdón de los pecados, ¿de qué pecados me habla ése sacerdote?,¿pedir perdón por ser pobre, por tener las manos llenas de callos, por incomodar con preguntas incómodas, por no confiar en éste Dios que me pide estrecharle la mano a los que siempre me negaron la suya? Éste dios de ricos y poderosos que se esconde y no escucha. Éste dios que es sordo y mudo y ciego, y no conoce la justicia. Éste dios que dice”-los últimos serán los primeros”, o sea, para subir al cielo sea pobre, sufra, confórmese, los que ahora disfrutan, serán castigados. ¿Serán castigados?
Por desconfiado y ladino, Don Aurelio quiere ver esa justicia aquí en la tierra, si es que el cielo y el paraiso existen, los verá luego. Aquí es el escenario del dolor. Y las máscaras que ríen, bien vestidas, limpitas e impolutas. Y éste dios tan sospechósamente confortable tiene olor a hombre con bolsillos llenos.
Nunca pudo perdonar la traición del Martín Fierro: “debe trabajar el hombre para ganarse su pan, pués la miseria en su afán, de perseguir de mil modos, llama a la puerta de todos y entra en la del haragán” Siempre la miseria estuvo a dos pasos en la nuca misma de Don Aurelio, respirándole con su aliento putrefacto y educado, alguna vez vivió en ella y ahora, apenas puede resistirla. Y siempre trabajó, nunca bajó los brazos, pensando que las cosas mejorarían. Pero no, simplemente sobrevivió. Nada decía el Martín Fierro de los que viven del trabajo ajeno y ven crecer las flores del jardín mientras el jardinero revuelve la tierra. Nada decía el Martín Fierro de los haraganes que viven la gran vida mientras el resto se desloma. ¿Es que en esas puertas no llama la miseria? Parece que no.
Don Aurelio que se rompe el lomo, sabe que está en el mismo bote con los que no pueden romperse el lomo porque han sido declarados inservibles. Entiende ésto mirando los ojos colorados y tristes de su compadre Miguel que no tiene trabajo y encuentra en el vino barato un horizonte más blando que la vida sobria. Al menos no le duele tanto en medio de la borrachera casi permanente. Don Aurelio desiste de los sermones, para eso están los curas y su moral de patrón, Don Aurelio se limita a escuchar a Miguel que insulta a la virgen, a los santos y al mismo satanás, que no le hace el favor de morirlo de una buena vez.
Marcelo Daniel Fernández Olivares
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