lunes, 11 de junio de 2007

Palabras que buscan

Dulcinea y Don Quijote

Es cierto que el tiempo es cíclico y que las cosas pasan y pasan con una monótona sincronía. Por eso, un tren, un caballo, una armadura de latón o un jean de mezclilla son apenas variaciones insignificantes.
¿No me creen? ¿Soy demasiado taxativo? Me remito a los hechos:
Día de semana, diremos martes para no cargar con el horror del lunes, estableceremos como hora de referencia, las 6 de la tarde.
Una dama de este siglo aborda el vagón cuasi repleto, con los enseres de la vida moderna alborotando sus brazos. Es alta, de pelo negro rizado, elegante y con un toque de distinción y lejanía que destaca por sobre su figura como un halo invisible.
En el previsible vehículo están los de siempre, una mujer que reniega del gobierno pero vota a la derecha, un anciano que demora su mirada en el paisaje repetido de las ventanillas, dos niños sumando ruidos al ya inmanente ruido del ferrocarril, etc.
No hay asientos disponibles, por lo que nuestra dama se recuesta sobre el respaldo del asiento que da a la puerta de salida del habitáculo. Cumplidos los rituales cotidianos, aseguradas las cosas en la mano, verificado que ningún sospechoso estuviera al acecho de su persona, se pierde en reflexiones que la llevan a lugares bien distintos de este paisaje gris que cruza por las ventanillas.
Segunda estación, puertas que se abren y una pequeña multitud que aborda el tren, entre ellos un hombre de lo más prosáico, también de jean, camisa a cuadros y pelo algo largo. Y el toque disonante, sobre su cabeza una diadema conformada por una cinta roja y dos plumas orondas arrancadas de un noble plumero. Una tiara que nuestro hombre porta con la mayor naturalidad, con la displicente costumbre de la realeza de sangre. De hecho, las miradas cómplices que los viajeros cruzan entre ellos resbalan sobre su noble esfigie.
Nuestro hombre revisa a los eventuales compañeros de viaje, descartándolos al instante, sus ojos dicen: “-No son dignos de mi pundonor”. Hasta que su vista se posa sobre nuestra dama. Y allí se detiene para no moverse más.
Ella, ya huida del mundo, apenas advierte la atención que despierta, pero el resto de los pasajeros sí descubre que el hombre la mira fíjamente. Pero no es una mirada lasciva, no hay lujuria en ella. Contiene pasión y respeto, mezcladas con asombro. No hay ninguna palabra o movimiento, simplemente, una mirada persistente, con fuerza propia, que ignora la cómica atención de los viajeros y la indiferencia de la dama que piensa, a esta altura, en amores y desamores que se anudan en la vida de cada uno.
Ahora esa mirada penetrante logra su cometido, la dama repara en el caballero de las plumas, pero decide fingir. Se sumerge en una mayor indiferencia, pero que ahora tiene un nuevo sentido, ahora esa indiferencia es una pose de protección. No vaya a ser que la locura en forma de tiara de plumas le de un disgusto.
Pero el hombre no se mueve, sólo mira, casi sin pestañear. Los pasajeros se ven librados de la atención del emplumado y comentan entre ellos las peripecias de este duelo silencioso: la dama y el hombre de las plumas sostienen sin saberlo, un desafío que no se resuelve dado que la inmovilidad es su signo.
El tren se detiene, quinta estación, el hombre recupera los gestos, ya no está quieto y hace los movimientos requeridos para bajarse del tren, casi de espaldas, en el vano de la puerta corrediza, se vuelve hacia atrás y espeta a todo el pasaje:
“-Cuídenmela, ella es mi elegida”, y su voz suena como una amenaza que está lejos de despertar hilaridad.
Nunca dirige la palabra a la dama. Ella está ahí para ser adorada, para ser defendida, para ser una musa que duerme junto con los sueños de conquista y justicia. No es corpórea, no se desea alcanzarla más que con las palabras y las letras con las cuáles el héroe contará sus hazañas. De ahí la advertencia. De ahí esa enorme dignidad. Esa temible dignidad de Don Quijote.
Que la historia haya ocurrido en el siglo XXI en un tren de Buenos Aires, es una excusa del tiempo que quiere variar lo que no varía. Siempre habrá Don Quijotes, siempre habrá Dulcineas, siempre habrá un caballero de armadura reluciente dispuesto a enmendar entuertos.
Y también es una circunstancia que la gente crea que nuestra dama y nuestro caballero son protagonistas de un equívoco. Secretamente, ellos están reviviendo una historia que nunca terminó.
Marcelo Daniel Fernández Olivares

1 comentario:

Poly dijo...

Lástima la ausencia de palabra allí donde elllas tuvieron tanto que ver.
Feliz vida escritor